Libro: Aguacero de plastilina
El libro Aguacero de Platina fue premiado con el tercer puesto Premio Nacional de Poesía Inédita de la Tertulia Literaria de Gloria Luz Gutiérrez (2022). El libro fue publicado con Valparaíso Ediciones, en España y Colombia, en el año 2023.

SBN: 978-84-19347-85-5
Ceremonia de Premiación
Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) 2022.
Presentación
En este libro alguien apaga la luz para que la poesía encienda los ojos. El gesto no es grave ni solemne: tiene algo de picardía, de ensayo infantil, de truco aprendido en casa. Aguacero de plastilina se mueve con esa lógica torcida y luminosa, donde la imaginación no sirve para escapar, sino para entrar más hondo en las cosas.
La voz que recorre estos poemas escribe como quien juega con lo que todavía no ha terminado de secarse. Todo es flexible, deformable, susceptible de romperse o rehacerse. Las imágenes aparecen con una claridad extraña: son precisas, pero nunca obedientes; sencillas, pero cargadas de una inquietud que persiste. El lenguaje avanza con frases cortas, escenas rápidas, golpes de humor oscuro que no buscan aliviar, sino decir lo indecible sin pedir permiso.
La estética del libro se sostiene en una mezcla de ternura y peligro. Hay una mirada infantil que no es ingenua, sino ferozmente lúcida. Lo cotidiano se vuelve extraño con naturalidad, como si el mundo estuviera siempre a punto de revelar su costado absurdo. Los poemas parecen construidos con materiales modestos —juguetes, recuerdos, imágenes domésticas—, pero el resultado es filoso e inquietante.
Aquí la poesía no se eleva: se ensucia las manos. Se permite la risa incómoda, el sobresalto, la exageración, la imagen que desconcierta y se queda girando en la cabeza. Es una escritura que confía en el impacto directo, en la escena breve, en el poema que entra rápido y no se va.
En Aguacero de plastilina, Edwin Martín propone una voz que entiende la poesía como un acto de juego serio: una forma de mirar el mundo sin blindajes, con imaginación suficiente para soportarlo. Un libro donde escribir no es ordenar la experiencia, sino volverla maleable, dejar que caiga —como lluvia— sobre lo que aún puede transformarse.
A continuación, compartimos tres poemas de este libro:
PRÓLOGO
Para empezar, una vez se metió un murciélago a la casa, entonces, el abuelo sacó la escoba para ahuyentarlo. El animal, aturdido, descalabraba las paredes con la frente, creyéndolas la noche. Yo lo observaba detrás de los calados de la cocina, empinado sobre un mueble, cuando el abuelo apagó la luz para que el murciélago encendiera los ojos. Al momento, el animal voló atravesando la puerta en dirección al solar.
Cuando escribí estos poemas, comprendí que hay que apagar la luz también, para que la poesía encienda los ojos, y luego, de un sólo salto, escape en busca de otros.
Porque “el miedo se escurre por los pantalones”, decía el abuelo, pero yo me imaginaba en el espacio, donde nada se escurre y los murciélagos no llegan. Más tarde, en una pesadilla, murciélagos entraban a la habitación en busca de mis órganos. Yo corría en busca del abuelo. Pero él ya no estaba. Se había ido al espacio. Y yo era un niño sin más que un balón para afrontar la ausencia. Así que busqué la escoba para espantar la muerte, encendí las luces para que se rompiera la cabeza. Pero no, ella, la muerte, sabía de escobas y de luces en la cara.
De esto tratan los poemas: la vida es una metáfora del cementerio y el cementerio es una metáfora de la poesía. El cuerpo se desgasta al igual que crayolas cuando se dibujan nubes. En algún momento de la vida uno se orina en la cama, y al instante, en otro, se escribe poesía.
DEMOLICIÓN
Comenzaron por evacuar
los vecinos de al frente
los de al lado
prosiguieron
Un cartel de obra
a la entrada
informaba: “En proceso de demolición”
Para el tercer mes
los sonidos se doblaban
entre los pasillos
al cerrar la puerta
Antes de la fecha indicada
el edificio estaba deshabitado
Primero escuché las alarmas
de las grúas al dar reversa
luego al intentar huir
el golpe de la bola de acero
sobre el concreto
Las piernas
me quedaron bajo
los escombros
y las manos
en la poesía
FIEBRE
Tenía
cuarenta y seis grados
(46°)
de temperatura
en la frente:
un incendio
en la imaginación.
Adentro
se trataba
de recuerdos
deformándose
en un aguacero
de plastilina.
Los sonidos
entraban
por los ojos
y junto a ellos
—que aún están ahí—
subíamos a un
telescopio
que era
el ojo
izquierdo
de
una jirafa.



